sábado, 8 de octubre de 2011

Gavilán / Navegación

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Te recuerdo entonces luchando y revolviéndote con la ansiedad febril de un náufrago exhausto, cuando de pronto por la mañana llegaba a tu casa y te encontraba enfrascado en tus recortes y escritos, rodeado de tu máquina de escribir y de tus enciclopedias abiertas y deslomadas, respirando a duras penas bajo un peso de asfixia y denuedo, aunque enseguida te recomponías y desplegabas esa navegación audaz que tan ufano te hacía sentir, llena de espuma y oleaje, mientras insistías en batir tú solo las aguas aferrado al palo mayor de tu memoria, y me contabas los cuentos de siempre, y yo me tranquilizaba viéndote sobrevolar, salvaje, el fragor de la tarde, encaramado a tus recuerdos luminosos. Y te sabía a salvo un día más, a flote y a salvo para el resto de la jornada, hasta la semana siguiente por lo menos, en que volvería a visitarte sin brújula y con mis ropas de nuevo revueltas, inevitablemente empapadas.
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Hermosa vida que pasó y parece
ya no pasar…
Desde este instante, ahondo
sueños en la memoria: se estremece
la eternidad del tiempo allá en el fondo.
Y de repente un remolino crece
que me arrastra sorbido hacia un trasfondo
de sima, donde va, precipitado,
para siempre sumiéndose el pasado.


Jaime Gil de Biedma, "Recuerda"